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Ma. Claudia Segovia: “Lo que vivimos en la ciencia es un reflejo de lo que vivimos en la sociedad”

Redacción Manifiesta/ @ManifiestaEc 

Hace 10 años, María Claudia Segovia no se hubiera calificado como científica. No porque no haya estado dedicada a la biología, sino porque la imagen que socialmente existe alrededor de la ciencia no era la suya: la de una mujer. La posibilidad de viajar, de conocer otros contextos, le permitió cuestionarse y entender que hay realidades que merecen ser cambiadas. Así se convirtió en una de las fundadoras de la Red Ecuatoriana de Mujeres Científicas (REMCI). MANIFIESTA charló con ella.  

Has dicho que ser científica y mujer implica superar obstáculos invisibilizados por la sociedad y por nosotras. ¿Cuáles son esos obstáculos?

Hay algunos. Uno de ellos es la seguridad en una misma. A veces no nos damos cuenta de que desde que somos muy pequeñitas se va deteriorando la seguridad en nosotras mismas. Personalmente, ha sido una lucha constante el creer más en mí, sentirme capaz, sentir que puedo hacerlo y lanzarme. Es una cuestión cultural porque todo el tiempo la sociedad te está diciendo: “¿en serio vas a hacerlo? ¿Estás segura de que ese es el papel de la mujer?”. 

Hay muchos micromachismos y microagresiones que alimentan esa inseguridad, te interrumpen cuando hablas, cuando entras a una reunión no te llaman por tu título sino “reinita, mija”, no se nos da el mismo tiempo para hablar… Y esto, a su vez, se relaciona con los estereotipos culturales que son tan fuertes. Por ejemplo, los estándares sociales establecen que la mujer cumpla ciertas funciones y no otras, esa es una carga sumamente fuerte. Esto se ve reflejado en la sociedad, en la academia y la ciencia, esto hace que romper las barreras sea difícil. 

En ese escenario que describes ¿por qué decidiste hacer ciencia?

A veces una sigue lo que le gusta… Hacer ciencia fue ese proceso de búsqueda personal de qué es lo que me gusta, lo que me apasiona y me encontré ahí. Si hace unos diez, quince años me lo hubieran preguntado, hubiera dicho “yo no hago ciencia”… No me consideraba como una mujer en ciencias, simplemente hacía lo que me gusta. Culturalmente no nos vemos como científicas. Eso es algo que con la REMCI estamos tratando de cambiar y creo que hemos cambiado bastante: que las mujeres nos veamos científicas y nos sintamos así, que te empoderes en que una mujer también puede hacer ciencia. 

¿Por qué no se daba ese empoderamiento? ¿Qué concepto existía o existe en quienes hacen ciencia para que una mujer no se considere científica?

Está asociado con los aspectos culturales. El estereotipo de ciencia es un hombre, es el estereotipo asociado a inteligencia, a ser brillante… Si se piensa en ser científico, seguramente la imagen que viene a la cabeza es la de un Albert Einstein. Eso hace que una no se proyecte, no se refleje en esa imagen.

¿En algún momento dudaste de hacerlo?

Todo el tiempo. Esa duda, esa incertidumbre, esa lucha interna que he sentido muy fuerte -cada vez menos- es lo que se conoce como el síndrome del impostor que surge mucho en las mujeres al preguntarse: ¿en realidad merezco estar aquí? Es fuerte. Conversando con otras colegas, sienten lo mismo.

Uno de los mensajes recurrentes es que cuando como mujeres queremos dedicarnos a carreras demandantes tenemos que escoger: la profesión o la familia. ¿Enfrentaste esos prejuicios?

Sí, como la mayoría. La sociedad te tiene planificado lo que debes hacer. Muchas veces recibí comentarios de “cuándo dejas de estudiar y te dedicas más a tu esposo e hijos”, “dedícate a algo más serio”. También en un momento de mi vida me tocó decir: «me voy a dedicar a mis hijos». Es una decisión personal, no me arrepiento en lo más mínimo, estuve consciente de lo que hacía y tenía el apoyo de mi pareja. Muchas tienen que dejar su pasión y carrera porque no tienen el apoyo de su familia. En los últimos años esto ha cambiado, los roles se van dividiendo, lo que evita que tengamos que decidir entre lo uno y lo otro. Pero son procesos que requieren de una conversación más amplia y analizar más allá de la familia, sino cómo el Estado colabora para que esa mujer pueda seguir en su carrera. ¿Qué está haciendo el Estado, cuáles son las políticas públicas?

¿Crees que en términos de Estado interesa esa inversión?

(Risas). Quisiera ser optimista y pensar que sí. Las mujeres aportamos muchísimo y en ciencia necesitamos ese 50% de la población que aporte. En la actualidad a nosotras nos evalúan exactamente igual que a nuestros colegas y está bien… Pero ¿qué pasa cuando una mujer da a luz? Ese primer año la madre no podrá trabajar en experimentos o investigaciones al 100%, pero te siguen evaluando por el número de publicaciones, de proyectos que tienes, independientemente de las tareas de cuidado y trabajo no remunerado que además asumimos.

En Ecuador, la REMCI registra 120 mujeres científicas… 

Sí, en la Red somos 120. En el país hay muchas más; sin embargo, volvemos a que muchas de ellas no se consideran científicas, especialmente lo hemos visto en las Ciencias Sociales. Se definen como investigadoras sociales, pero no científicas. 

El dato como tal se lee como poquito ahora, en 2021, donde se conoce y se visibiliza más el trabajo de las mujeres en la ciencia. ¿Pero qué pasaba antes, cuando seguramente eran menos, a quiénes tenían ustedes como referentes o cómo se construían esos referentes que se aparten de la figura masculina?

Hemos visto que antes había menos científicas, pero ellas se mimetizaban en el ambiente… se convertían en uno más. Estaban ahí y, en la mayoría de los casos, seguían el patrón masculino; por eso era difícil diferenciarlas. ¿Cómo empiezan a surgir los referentes? Muchas veces no con imágenes nuestras, sino con imágenes de afuera, donde empiezan a haber movimientos de visibilización. Quienes nos unimos para organizar la REMCI tuvimos la suerte de estar afuera y salir me permitió ver el problema. Aquí no lo ves. Diez, quince años atrás hubiera dicho que nunca he sentido discriminación, cuando no es así.

Antes no se veía lo que ahora se visibiliza… estos micromachismos.

Sí, es como un fenómeno de negación, que pasa muchas veces en esta generación previa que le tocó salir adelante. En Ecuador un gran porcentaje de mujeres en ciencias somos biólogas, porque tuvimos referentes como la doctora Laura Arcos, la doctora María Eugenia del Pino, que fueron y son grandes científicas en diferentes aspectos. Sí vimos mujeres científicas, al menos en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, de donde partimos la mayoría de biólogas. Pero ellas nos hicieron sentir que no pasaba nada… Yo me di cuenta de esos detalles cuando salí, ahí me di cuenta de que había diferencias. 

¿Qué rol ha jugado en esto el feminismo?

Un rol importante. El feminismo nos ayuda a entender cuál es el verdadero rol de la mujer y desde esa perspectiva ha abierto nuevas orientaciones. La academia y lo que vivimos en la ciencia es un reflejo de lo que vivimos en la sociedad, es una doble vía. Definitivamente ha tenido impacto y ha hecho que se hable de estos temas.

Para quien desconoce ¿cuáles son los principales aportes de las mujeres en la ciencia en Ecuador?

No se conoce mucho el aporte de las mujeres en ciencia. Hemos tenido un rol sumamente importante en varias áreas, pero, sobre todo, en las áreas biológicas. Una de las científicas más importantes es la doctora María Eugenia del Pino, la única ecuatoriana que ha logrado ser parte de la Academia de las Ciencias de Estados Unidos, para lograrlo necesitas ser invitada por tus aportes a escala mundial. Ella ha estudiado mucho del desarrollo embrionario en anfibios, entender cómo se produce un anfibio nos ayuda en avances embriológicos; también está el caso de la actual vicerrectora de la Universidad San Francisco de Quito, la doctora Andrea Encalada, una de las mejoras ecólogas acuáticas de Sudamérica, una rama muy importante para entender la contaminación en los ríos y aguas del planeta. En la Escuela Politécnica Nacional la doctora Jenny Ruales es una mujer muy importante por su trabajo en nutrición y aportes en la alimentación de los niños. La doctora Katya Romoleroux, Premio Nacional Eugenio Espejo 2020, se dedica al trabajo de las rosáceas… Ellas han sobresalido y detrás de ellas hay muchas más que tal vez no salen porque estamos de coautoras, no somos las principales, somos las asistentes de laboratorios. Hay muchas mujeres que trabajamos en ciencia pero no damos el paso para ser las protagonistas de esos avances científicos. 

El rol de las mujeres en la pandemia también ha sido vital. 

Hay diferentes perspectivas en relación a la pandemia. La primera, que las mujeres hemos cumplido un rol fundamental, tanto en estar en la primera línea en hospitales, personal de cuidado, pues en un 70% somos mujeres; y también en la educación, donde nuestro rol es importante. Además, una de las primeras que dio la llamada de alerta sobre lo que pasaba fue una viróloga china, ella se arriesgó a decir que pasaba algo raro y hay muchísimas mujeres involucradas en la fabricación de las vacunas.

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